martes, octubre 12, 2010

El Gran Finde...Valencia, agosto del 2010.

Sé que llego un poco tarde, y que ya habrán salido todas las crónicas en los medios de comunicación especializados en rock (los demás mejor no leerlos), pero lo que voy a contar es la versión de uno de tantos fans que acudieron a tierras levantinas el fin de semana del viernes veinte y el sábado veintiuno de agosto del presente año. Debido a mis circunstancias personales, familiares y económicas, me lo tomé como las únicas vacaciones del verano, así que espero que os guste. La aventura comienza el jueves diecinueve a las cinco y media de la mañana. Ducha y repaso al equipaje y volando a la estación María Zambrano para coger el tren de las siete a Valencia. En el panel informativo de la estación leo que el tren tiene demora y que vayamos al mostrador de información, donde nos dicen que el tren no puede pasar de Córdoba debido a las inundaciones de la semana anterior, y que nos colocarán muy amablemente en el AVE de las nueve (se ve que no habían vendido todas las plazas) y que en Córdoba enlazaríamos con el nuestro. Dos horas de espera en un centro comercial que no abre hasta las diez.

Pero no importa, porque voy a ver a mis dos grupos favoritos en el mismo fin de semana.

Al llegar a Córdoba nos dicen que el tren tardará unos cuarenta y cinco minutos en salir, tiempo que aprovecho para desayunar y observar a los parroquianos. A la hora convenida nos colocan en nuestro sitio, en los vagones prestados de un Talgo anexos al tren principal para cubrir la demanda, pero sin megafonía, lo que me obligó a no descansar pensando que se me podía pasar la parada e intentando leer los carteles de todas las estaciones por las que íbamos pasando desde que salimos de Albacete. En el camino nos cayó una pequeña tormenta que me hizo temer que llegaría a Valencia nadando, pero sólo nos retuvo casi una hora a la salida de Villarrobledo, aunque el tren fue muy lento casi hasta Játiva. Llegamos a Valencia a las siete de la tarde, doce horas después de poner el pie en la estación de Málaga. El camino hacia el hotel era recto, así que me fui a patita hasta la enorme Plaza del Ayuntamiento, que es donde estaba situado. Después del registro y de deshacer la maleta en la habitación de fumadores que me habían dado por equivocación (menos mal que estaba aislada y tenía cama doble), me fui a dar una vuelta por los alrededores de la plaza y a cenar temprano para poder recuperar sueño.

Pero no importa, porque voy a ver a mis dos grupos favoritos en el mismo fin de semana...

El viernes amaneció tranquilo y despejado, así que me decidí a probar el desayuno buffet del hotel. Normalito y descuidado en cuestiones higiénicas, así que no repetí los dos días que me quedaban. Como no soy dado a entrar en territorios corruptos, fui a buscar información de cómo llegar al recinto donde se celebraban los conciertos a la Oficina de Turismo, y no al Ayuntamiento que tenía al lado. Allí me atendió una chica cuyos ojos verdes volverían anarquista a Marianico el corto Rajoy y que me informó de casi todo lo que necesitaba para llegar a la estación de metro más cercana y cómo llegar al Auditorio Marina Sur desde la estación de destino. Así que decidí hacer el recorrido completo para comprobar tiempos y otros posibles inconvenientes.


Iba a ver a mis dos grupos favoritos en el mismo fin de semana...

Después de un almuerzo equilibrado hacia el lado suicida de la vida, volví a coger el metro para, trasbordando con un tranvía ligero, acabar de nuevo en la estación de Neptuno, junto al enormemente grandísimo complejo marítimo de la ciudad. El camino hacia el recinto no estaba muy bien señalizado y tardé un poco en entrar. No había mucho público y pude hacerme fácilmente con un sitio en la primera fila para proteger mi brazo biónico de la masa durante el concierto. Sobre las siete de la tarde sale el gran Rafa Basa a anunciar que Obús (uno de los grupos que tenía interés en ver) habían cancelado la actuación por problemas de salud de su guitarrista, mi primo Paco Laguna. Un gran show que nos íbamos a perder...

Aún así, iba a ver a mis dos grupos favoritos el mismo fin de semana...

A las siete y media algo pasadas salieron ATLAS, el nuevo grupo de los hermanos Ángel y Manolo Arias, quienes dieron una lección de sabiduría rockera con su Heavy Metal duro y ochentero, y con un José Martos tocando todo el concierto con un collarín debido a un fuerte dolor de cervicales. Temas como Sin Miedo A Vivir, Imperio De La Ley, Condenado Loco, Oveja Negra, Contra Viento Y Marea (que da título a su segundo disco) o 2040 atenuaron los efectos del sol veraniego y atrajeron a un montón de gente, sobre todo por el buen hacer de Manolo Arias con la guitarra y a la buena voz del cantante Ignacio Prieto. Ni que decir tiene que voy a intentar pillarme sus dos discos.


Después de tres cuartos de hora eternos, en los que el supuesto DJ del recinto demostró sus conocimientos musicales poniendo cuatro veces consecutivas la canción El Dorado de Iron Maiden (lo que parecía un buen calentamiento para el concierto del día siguiente se convirtió en una muestra de la racanería con la que han tratado al Rock y a sus gentes desde siempre en este Imperio de Paletos, ya que la canción se la podía descargar todo el mundo gratis desde la página web del grupo), el escenario se volvió a llenar de talento y garra con la salida de TIERRA SANTA, un grupo que he tenido muy abandonado por una canción que no me gustó en el año 98, pero al que voy a prestar más atención a partir de ahora. Su hora y diez minutos de concierto levantó el corazón y los puños de las más de mil personas allí congregadas con himnos como Sangre de Reyes, Juana De Arco, Rumbo A Las Estrellas, Nerón o su magnífica versión de La Canción Del Pirata de José de Espronceda. El grupo se marchó casi tan satisfecho como el público tras un bis con Legendario que me puso el vello de punta.


Y volvemos a El Dorado...otras cuatro veces más.

A las once en punto de la noche, el presentador más dicharachero de Basarock FM sale por tercera vez para dar la bienvenida a los más grandes, los mejores, los dinosaurios, los Maiden españoles:
BARÓN ROJO. Desde que surgió el tema, siempre he tenido recelos de la reunión de la formación original del grupo, sobre todo porque siempre he tenido la impresión de que Sherpa la buscaba por motivos económicos más que por motivos musicales o personales. Impresión que el concierto NO consiguió borrar de mi mente. Durante todo el concierto, los dos bandos que han protagonizado durante los últimos diez años la guerra mediática más absurda que recuerdo sigueron separados, haciendo cada uno su papel dentro del concierto, pero sin mirarse ni acercarse unos a otros prácticamente. Y eso los fans lo notan. Sobre todo los que han sido conscientes de todo el follón. El señor Campuzano suelta sus chistes de rigor mientras que los señores De Castro se centran en sus instrumentos. Dos perspectivas muy diferentes sobre el negocio musical reunidas para asegurarse una jubilación decente (¡la que está liando Zapatero, China del Flequillo!).



El inicio fue muy prometedor, con Concierto Para Ellos, Incomunicación y un Chicos Del Rock cantado entre Sherpa y Carlos De Castro que nos pone a cien mil. Siguen con Tierra de Vándalos, Travesía Urbana y la instrumental Buenos Aires, demostrando que siguen siendo unos músicos de primera. Con Campo de Concentración y Rockero Indomable vi que Sherpa ha preparado esta gira de una forma más relajada en cuanto a la labor vocal que Carlos, que cantó la segunda impecablemente. Ambos descansaron con Hermano Del Rock And Roll muy bien cantada por Armando de Castro, que se marcó un magistral solo de slide entre El Pobre e Hiroshima. A continuación volvieron a intercalarse las voces de Sherpa y Carlos en Se Escapa El Tiempo, canción que dio paso a otra epectacular demostración de la técnica del slide por parte de Armando para introducir Satánico Plan. Tras una visita a la última época de la formación original con Tierra De Nadie, la grandiosa instrumental El Barón Vuela Sobre Inglaterra nos lleva volando hacia dos de sus canciones más polémicas, Breakthoven y Caso Perdido, que nos condujeron a un Con Botas Sucias a dos voces en el que Sherpa demostró ser un buen bajista. La división volvió a quedar patente en el equilibrio de compositores y cantantes en este tramo del concierto, pues siguieron con Hijos De Caín, Cuerdas De Acero (donde Armando jaleó e hizo cantar al público al son de su guitarra) y Los Rockeros Van Al Infierno (donde fue Sherpa el incitador). Después de esto, los cuatro se retiraron a descansar entre bambalinas, momento que yo aprovecho para hidratarme un poco con un litro de Sprite (¡Presume de Sexta, amigo!). Mientras disfruto de los molestos golpecitos de los tarugos de hielo que me han puesto en el vaso (aunque lo pedí específicamente sin hielo), los Barones volvieron al escenario con su canción homónima y dos pesos pesados de su repertorio: Las flores Del Mal y Resistiré, en la que Sherpa pierde la voz y la letra, aunque supo salir airoso del percance. Se vuelven a retirar para intentar arreglar el deficiente sonido que les llega a ellos (palabras de Carlos). Tras unos minutos de incertidumbre, vuelven con Armando a la voz para interpretar Invulnerable, y Sherpa hace lo que puede en Siempre Estás Allí. Se despiden una vez más, pero vuelven tras un pequeño refrigerio para que Armando nos remate con sus famosas Czardas de Monty, a la que le siguen un sorprendente Herencia Letal a dos voces y un trallazo final con Anda Suelto Satanás y Son Como Hormigas, que completó un show de tres horas de duración.


A las dos de la mañana, aunque había un DJ (esta vez de verdad) contratado hasta las tres, decidí irme a casa contento por el gran concierto que acababa de presenciar y con la absoluta certeza de que en este país los técnicos de sonido nunca aprenderán a hacer bien su trabajo (esa noche se superaron al dejarnos medio sordos a los asistentes y a Sherpa por su pinganillo). Tuve la gran suerte de pillar un taxi justo a la salida de la Marina Príncipe Felipe, así que a las dos y media ya estaba en la cama.

El sábado me desperté cerca de las diez de la mañana, así que decidí tomarme las cosas con calma y saltarme el desayuno para ver lo que pudiera sin cansarme mucho y almorzar temprano sin demorarme con el trayecto hacia el auditorio. El metro se llenaba de camisetas negras a cada parada, y cuando enlazamos con el tranvía, era todo nuestro, y aún se había quedado mucha gente en el andén. Pero no andaba. Tardaron casi diez minutos en decirnos que se había estropeado y que teníamos que coger el que estaba en el andén vecino. Lógicamente algunos de los que estábamos en este no llegamos a tiempo y nos quedamos en tierra a esperar al siguiente. En ese intervalo arreglaron el primer tranvía, así que nos subimos temiendo que se volviera a estropear. Pero no, esta vez emprendió la marcha y consiguió llegar a Neptuno sin problemas. La cola que había para entrar ya llegaba casi al perímetro exterior, así que tardé más de una hora en llegar al control de pasaportes. Después del cacheo y el registro de mochila, me uní a las casi cinco mil personas que había ya dentro y fui al puesto de mercandishing a comprar mis recuerdos de todos los conciertos. No tenían libros de gira (mis preciados objetos de coleccionista), así que me compré la única camiseta que me podría entrar y un juego de vasos de litro con Eddies impresos. Intenté acercarme al escenario para poder hacer buenos encuadres, pero fue muy difícil, así que me escoré un pelín y pude quedarme a una distancia a la que el zoom de mi cámara nueva pudiera adecentar.

A las ocho en punto de la tarde salieron Edguy a calentar motores, y bien que lo hicieron en sus cuarenta minutos de show. Tobias Sammet nos hizo sudar a todos con su potente voz y su chaqueta de lana con temas como Tears Of A Mandrake o King Of Fools. Un buen preludio a lo que nos esperaba. No habían teminado de recoger sus instrumentos cuando una legión de roadies se lanzaron a colocar un escenario gigantesco en su sitio, como es costumbre en los cabezas de cartel de este glorioso sábado.


A las nueve y cuarto se apagaron las luces, y el cielo estrellado se fundía con las proyecciones del espacio exterior que salían de las dos pantallas de vídeo situadas a los lados del escenario. La intro de tintes espaciales me llevaba a desear tener en mis manos el nuevo disco (que llevaba sólo dos días a la venta). El último acorde se fundió con el grito ansioso del público al escuchar el principio de The Wicker Man, y la salida en tromba de IRON MAIDEN me llevó diez años atrás en el tiempo, a la gira Metal 2000, en la que presentaban el disco de la vuelta al redil de Bruce Dickinson (Brave New World), y donde me quedé durante Ghost Of The Navigator y Wrathchild. La primera parrafada del carismático showman versó sobre el recién nacido The Final Frontier y lo generosos que habían sido al colgar uno de los temas en su página web como descarga gratuita, tema que curiosamente sería el siguiente en caer. El Dorado suena muy bien en directo, y el telón de fondo del escenario nos recuerda que la canción trata sobre la crisis (no sobre la peli de Disney). Prácticamente las veintidos mil personas que estábamos allí la cantamos en su gran mayoría (quizá gracias al DJ del día anterior), ante la sorpresa de todos los componentes del grupo. Un telón con un Eddie-parca sobre un suelo arlequinado es el preludio para Dance Of Death, en la que Bruce demuestra que le queda voz para rato. Le sigue el recuerdo al que hasta dos días antes era el último disco del grupo, A Matter Of Life And Death, con la paranoica y soporífera The Reincarnation Of Benjamin Breeg y la más equilibrada y antibélica These Colours Don't Run.





Otra parrafada nos pone el pelo de punta cuando Bruce nos recuerda su amistad con el recientemente fallecido Ronnie James Dio, a quien le acaba dedicando, primero él y después todos nosotros apuntando al cielo con nuestro cuernos, Blood Brothers. La feroz Wildest Dreams nos golpea en la cara antes de que un telón con la estatua de Justicia Ciega que tanto les gusta despreciar a los estadounidenses nos lleva a un éxtasis metafórico con No More Lies y Brave New World. Desués de tanta "canción nueva" (todas excepto Wrathchild son de sus últimos diez años de carrera), algunos fans empezaron a pedir los temas de siempre, así que el genio de Steve Harris programó Fear Of the Dark para aumentar la histeria colectiva, a la que le siguió un espectacular Iron Maiden, en la que un Eddie más alienígena que nunca salió para, además de molestar a Dave Murray y pelearse con Janick Gers, ponerse a tocar la guitarra con ellos en un momento que para algunos de nosotros fue casi orgásmico...




La retirada temporal del escenario no hizo más que desterrar el cansancio de nuestros pies y gargantas para corear sin descanso un "Maiden, Maiden" que lleva treinta y cinco años resonando por todo el mundo. Un telón de fondo completamente rojo, acompañado por la iluminación más infernal que he visto en un escenario provocó un vuelco en mi rojo corazón al escuchar el recitado "Woe to you on earth and sea..." y el clamor enfervorecido de las veintidos mil gargantas allí congregadas dio paso a una de las mejores interpretaciones de The Number Of The Beast que he ecuchado después de la edición del disco y vídeo en directo Live After Death. El fin de fiesta casi no pudo ser mejor, con unos aplastantes Hallowed Be Thy Name y Running Free que nos dejó a todos con ganas de más (y a mí echando en falta el Sanctuary con el que acababan el vídeo mencionado anteriomente). Después del tradicional lanzamiento de recuerdos por parte de todos los músicos, sobre todo del siempre jovial Nicko McBrain, las primeras frases del Always Look On The Bright Side Of Life de mis adorados Monty Python me indicaba que las dos horas clavadas de concierto habían pasado y que era hora de marcharnos a casa.


Como era más temprano que el viernes, decidí quedarme a disfrutar un poco del DJ de verdad y refrescarme un poco. Alrededor de la medianoche me fui al hotel a reposar y organizar todo el cúmulo de emociones que me provocan los conciertos del sexteto británico, que habían vuelto a demostrar que son los mejores músicos del planeta.

El domingo me desperté temprano automáticamente, así que tuve tiempo de recoger la habitación, desayunar de Mercadona y hacer la maleta con toda tranquilidad. Después de pagar la factura y dar y recibir los pertinentes agradecimientos, me dirigí hacia la Estación del Norte para echarle un vistazo a la prensa local y ver lo que traían sobre el concierto y esperar al tren, que esta vez sí era el que aparecía en el billete y me permitió dar las dos primeras escuchas completas de The Final Frontier, además de disfrutar de uan gran película que no conocía, Amazing Grace, sobre la abolición de la esclavitud en el Reino Unido, que recomiendo encarecidamente. Llegué a Córdoba sobre las siete y media para coger de nuevo el AVE, que me dejó en Málaga a las nueve.

Después de un fin de semana inolvidable en muchos más aspectos que los estrictamente musicales sólo me queda decir...



¡LARGA VIDA AL BARÓN!


UP THE IRONS!


P.S.: Pronto hablaré del
The Final Frontier canción por canción...